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CAMINOS HACIA LA SALUD DE NUESTROS PUEBLOS.

 

En el marco de la implementación de los acuerdos de paz y ante el incumplimiento de los consensos generados entre el gobierno nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo (FARC-EP), se generó un espacio de solidaridad desde los distintos movimientos sociales en apoyo a la grave situación en la que se encuentran las distintas zonas veredales donde se realiza el proceso de reincorporación a la vida civil de los guerrilleros y guerrilleras. Ante este escenario nace este relato que hoy escribo y comparto con ustedes. Quiero poder, si me lo permiten, transportarlos a la realidad que hoy allí se vive. Sí, en una zona veredal, ese espacio que se suma a la Colombia olvidada, pero un territorio en el que día a día se renace con la fuerza avasallante de hombres y mujeres que cuidan y engalanan la hermosa flor de la paz.

 

El comienzo: Bogotá, 3 am, iniciamos el recorrido.

Poco a poco, a nuestras espaldas, va desapareciendo esa gran mole de asfalto y cemento por la que deambulamos a diario. Ese espacio físico atiborrado y trajinado que dejamos atrás por un tiempo. Cuarenta ciudadanos convencidos en la transformación de nuestras realidades, viajamos en un bus ya viejo y achacado por tanto camino, hoy se suma un recorrido más a su historia. Sentimiento común: la alegría; anhelo común: seguir sumando kilómetros en esta construcción de paz en la que nos embarcamos.

Tras una hora de recorrido el anterior escenario es ahora reemplazado por un gran tapete verde. Aquí ya no hay asfalto, no hay grandes edificaciones que logren resguardarnos de este sol que se muestra tan imponente. Entrado el amanecer cambian los sonidos. Los pitos de los carros y la algarabía de vendedores ambulantes son reemplazados por el agite de nuestra respiración tras varias horas ya de camino. En esta tierra maravillosa que nos da la bienvenida, nos acoge el sonido del viento y el canto de algún ave que pasa sobre nuestras cabezas; es melodiosa esta combinación durante nuestro trayecto. Llegamos al cruce del Río Ariari. Inmenso y sereno se presenta ante nosotros como presagio de paz, la paz con la que habríamos de encontrarnos más adelante. A medida que avanzamos se hacía tosco y abrupto nuestro andar, nos adentrábamos en el corazón de la serranía.

Primera parada:

Siete horas de camino y llegamos a Vista Hermosa, imagínenlo… sí, así es, hace honor a su nombre. En medio de su esplendoroso terreno fue plantado un casco urbano tranquilo y alegre. No hay mejor bienvenida que su exquisito menú, una escultura culinaria, de las más increíbles manos campesinas, acompañado de la exquisita calidez humana de sus habitantes. Lo sentíamos en cada saludo a estos extraños que se posaban sobre su tierra. Una pausa, y veía en retrospectiva los rostros emocionados de cada uno de los participantes de esta aventura por la paz. Cada uno muy distinto en su ser, con intereses variados, particularidades, pero transversal a todos, el espíritu y anhelo por una Colombia mejor.

Se desgasta la llanura y su inmensidad, el terreno boscoso se incrusta al borde de la carretera, en la distancia se observan hogares campesinos- olvidados, abandonados-, veo rostros sobre la ventana que han sobrevivido gracias al empuje de estos colombianos guerreros. Los niños se postran sobre el camino y con sus pequeñas manos nos saludan alegremente. Es imposible no conmoverse con su alegría, serán ellos los que construirán esta patria digna, la que hemos soñado siempre, la patria que soñó Bolívar.

Segunda parada: Piñalito.

Dos horas más delante de nuestra última parada encontramos un silencio desgarrador. Paredes llenas de historias, rastros evidentes de la guerra, relatos oscuros de vidas que se fueron quizá por el simple hecho de amar a su tierra, su familia y su ideal. Por cada paso que doy, reinvento cada una de esas historias que necesitan de una verdad, se necesitan responsables y su debida reparación.

Entre más nos adentramos en el caserío se hace inevitable conmoverse por los relatos que allí se dieron, es en ese lugar donde el paramilitarismo acribillo la humanidad de esta población, apagó las sonrisas y entrañó un miedo profundo en cada uno de sus habitantes. Guardo por siempre la esperanza de que estas voces aquí silenciadas, algún día recuperen sus cualidades y relaten, porque está prohibido olvidar aquellos sucesos que anhelamos no vuelvan a ocurrir.

Al cruzar el puente dejo atrás la melancolía y consigo poner en mis pasos más ánimo, pues nos espera, sin duda alguna, un futuro distinto. Transitamos en su totalidad el abandono del estado, paso a paso, metro por metro, me surgen entonces más y más preguntas; la más importante: ¿hasta cuándo el olvido por nuestra gente será política gubernamental?… ¿hasta cuándo?…

Última parada: La Cooperativa.

Luego de 2 horas más desde Piñalito, despierto dentro de nuestro desgastado bus.  Terminó este trayecto, se dibujan entonces los rostros esperanzados de los luchadores que se en-rutaron conmigo. Al aterrizar mis pies sobre la tierra gredosa diviso al fondo una gran multitud, militares y policías, también veo habitantes de este caserío que con determinación han decidido acompañar esta travesía. Inicia una marcha que rodea calurosamente la anhelada paz, el peso de cada paso acorta cada metro hacia nuestro destino. La voz de cada ciudadano que acompaña la maravilla de la paz retumba sobre las piedras del camino. Hemos llegado al encuentro con quienes siempre nos han querido acompañar, lo logramos. Veinte minutos más tarde (aún con la carga a las espaldas), las banderas ondean con honor al fondo del paisaje. Los rostros se entrecruzan con expectativa, las palabras no se hacen esperar y en medio de la lluvia poderosa se refresca nuestra llegada. Veo hombres y mujeres libres, valientes, orgullosos de su lucha, veo el pueblo digno acompañando este tránsito hacia el nuevo tiempo, hacia una nueva era.

Llegamos:

 Cruzando un camino enlodado, atravesando los surcos de lo que habrá de ser un sembradío, encontramos una rancha con madera vieja. Es el lugar de recibimiento de las delegaciones que vienen al servicio. Está adecuado con esfuerzo y dedicación, hay un pequeño almacenamiento, una improvisada cocina acompañada por un tanque de agua (las condiciones de higiene más paupérrimas que podrían existir), en la parte posterior un espacio acondicionado para los actos culturales. En medio de tanta humildad vemos la ingeniosa decoración folclórica, bombas y serpentinas presagiaban un acalorado encuentro entre los foráneos y la guerrillerada. Luego del recibimiento y la instalación, nos encontramos para afrontar la realidad, un choque de frente. La comunidad y la guerrillerada se acercan a nuestro improvisado puesto de atención -madera de la zona, plástico negro, cerramiento de telas blancas-, estilo simple y poco acabado, pero atestado de amor y dedicación por lo que allí adentro habría de suceder. Ubicamos las escasas mesas y sillas que allí se encontraban. Organizamos nuestro espacio de manera tal que brindara un poco de dignidad a los que allí habrían de ingresar.

Entre ingresos y salidas se acumulan los relatos de palabras y heridas que marcaron la vieja historia. Las cicatrices evidentes y no evidentes, nos transportan a tiempos de antaño donde la tranquilidad no era una opción (agradezco cada segundo que vivimos en nuestro país lejos de la guerra). Asistimos lo posible, lo que estaba en manos nuestras resolver, a medida que pasó el tiempo surgieron más y más carencias frente a nuestro limitado accionar. La frustración aparecía al no poder resolver de fondo lo que la salud debería solucionar desde todos sus componentes. Fue ahí, en donde más flaqueaba nuestro espíritu, pero aparecía esa sonrisa hermosa y cálida de cada uno de estos seres humanos que al igual que usted y yo, o las grandes mayorías, padecen el más terrible de los males existentes: el olvido, la desidia y la opresión.

Continuamos: Si de algo sirve…

A pesar de lo extenuante seguimos con fuerza en nuestra tarea. Se organizaron los grupos, las presentaciones y los actos culturales. Frente a nuestro asentamiento cruzan una y otra vez hombres y mujeres que cambiaron su uniforme camuflado por trajes típicos de las regiones, esbozando culturas y roles distintos al de la guerra. Cuánta alegría me da verlos, vamos por buen camino hacia la paz.

Nos fue imposible asistir a los actos culturales, pues nuestra tarea era inmensa. Si era mi mente la que de vez en cuando se transportaba a aquel lugar. Tras el eco del aplauso, sabía que había un gran espectáculo digno de cualquier teatro del mundo. Sentía envidia de no poder asistir, pero pensaba en que no sería la única vez que se presenten, estamos viviendo la paz, es real, estoy despierto.

Cae la noche y la guerrillerada se desplaza a su campamento, este no hace honor a lo pactado, incumplieron, el gobierno brilla por su ausencia. Nos separamos en espacio, pero en el aire flota el espíritu rebelde y flameante que nos une, ese espíritu por cambiar nuestro país.

De madrugada reiniciamos la labor. Se aglutinan las personas con sus particularidades, seguimos en el intento por surfear tantas dificultades, procurando apartarnos del precario sistema actual. El trabajo mancomunado nos deriva hacia un hacer más completo, pero aún insuficiente. Luego de ver los rastros de la guerra incrustados en sus cuerpos y mentes, queda un sabor amargo frente a lo que debe ser y lo que en realidad es la salud para nuestros pueblos. Falta tanto por hacer….

Mientras algunos compañeros se dedicaban a realizar la labor asistencial, otros tomamos nuestros elementos de recolección de información e iniciamos un diálogo de saberes con el objetivo de evaluar la situación de salud colectiva desde la mirada de los actores principales. Bajo la sombra de un árbol, acompañados por enfermeros y médicos de las FARC-EP, conversamos durante horas evaluando la situación. Era notoria la precariedad, sin embargo, en ellos irradiaba los claros deseos por contribuir al bienestar, no solo de sus camaradas, sino de la población en general. Cuan merecida es la oportunidad para cada uno de estos guerreros de la salud. Su vinculación a la vida civil deberá tener en cuenta sus conocimientos y deberá procurar porque cada uno de ellos desde su quehacer pueda seguir construyendo la Colombia nueva, esa que sin lugar a dudas, sería imposible concebir sin su ayuda.

Partimos: Al partir…

Nos llegó la hora de partir, se nos acabó este hermoso tramo. Quedaran en mi los recuerdos de tanta gente maravillosa. Las imágenes de tantos actos de cariño y aprecio por nuestro trabajo, de tanto amor y entrega por el otro. Dentro de mí se despeja cualquier duda sobre la humanidad que cierne a estos hombres y mujeres que luchan por una sociedad distinta. Somos una misma causa, y un solo corazón que busca desesperadamente construir una nueva oportunidad para Colombia. Llega el final por esta vez, en este territorio, pero seguimos adelante buscando en cada rincón del país. Seguimos buscando a estos héroes que sin lugar a duda nos dan una enseñanza de lucha y convicción. Nos dan lección sobre cómo cambiar el mundo. Nos dan maestría en cómo cambiar nuestra realidad, en cómo transformar la vida para enaltecer la dignidad de este pueblo maravilloso que lo merece.

 

Orlando Núñez Peña

Fonoaudiólogo

Universidad Nacional de Colombia

Corporación para la investigación y la transformación social

Abran La Puerta

 

Edición: Jorge Cardenas y Juan Manuel Rueda

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